Resumen
Esta obra visualmente hipnótica presenta una composición simétrica hecha con miles de pequeñas cuentas de colores que forman un patrón que recuerda a la piel de un anfibio o reptil amazónico. Su diseño vibrante y complejo evoca los colores, texturas y formas de los seres vivos que habitan la selva, creando una conexión inmediata con el territorio amazónico como espacio de biodiversidad y cosmovisión Indígena. Más allá de su apariencia estética, la obra es un acto de resistencia simbólica: al emplear técnicas tradicionales como el uso de chaquira —común en diversas culturas originarias de América Latina— el artista reafirma la vitalidad de saberes ancestrales en el presente. La imagen, que puede leerse como una criatura vigilante, también sugiere la presencia espiritual del territorio, recordando que la Amazonía no es un espacio vacío o meramente explotable, sino un ser vivo con agencia y memoria. En este sentido, la obra se convierte en una declaración sobre la necesidad de proteger tanto el entorno natural como las culturas que lo habitan, subrayando la estrecha relación entre identidad, territorio y patrimonio cultural.

